Dr. Oscar Brunser, Profesor de Pediatría, Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), Universidad de Chile.
Si se le pregunta a la población cuál es el mejor alimento para los niños, casi todos los entrevistados contestarán que es la leche. Y no se equivocan: la leche es uno de los componentes más importantes de la dieta infantil.
Durante los primeros meses de vida, la leche materna es el alimento ideal porque su composición está adaptada perfectamente a las capacidades digestivas del lactante. Por otra parte, la leche materna no induce sobrecargas renales y, al mismo tiempo satisface sus requerimientos de nutrientes para el desarrollo, logrando además un equilibrio que permite defender al organismo de infecciones.
Cuando la madre ya no puede amamantar, se genera la necesidad de tratar de reemplazar de alguna manera parte de los aportes y beneficios de la leche materna. Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos han usado para estos propósitos la leche de vaca, de yegua, burra, camello, oveja o cabra. El problema es que la leche de cada una de estas especies, está adaptada específicamente a las necesidades y capacidades funcionales de sus respectivas crías, que son distintas de las del ser humano. En el mundo occidental, la domesticación de los vacunos llevó al uso de su leche sin modificar, para tratar de alimentar a los lactantes. Lo que cabe discutir es, teniendo en cuenta la inmadurez de algunos órganos del ser humano en etapas tempranas de su desarrollo, si durante el primer año de vida la leche entera de vaca es un alimento adecuado para su alimentación.
Un análisis de la composición de la leche entera pone en evidencia que no cumple con todos los requisitos. La leche entera de vaca tiene aproximadamente tres veces más proteína que la leche materna (3,2 gramos por 100 ml vs 1,1 gramos de la leche materna). El exceso de proteína de la leche de vaca no puede ser utilizado ni almacenado por el organismo y, por lo tanto, debe ser oxidado por los tejidos del organismo, lo que genera verdaderos residuos, que deben ser eliminados por los riñones. El problema es que en los niños menores de un año de edad, la capacidad de eliminación de dichos residuos por sus riñones inmaduros, es bastante limitada. En estas circunstancias, la sobrecarga renal generada por el proceso de su eliminación es muy cercana al límite máximo a que pueden ser sometidos estos órganos. Otro aspecto trascendente de esta sobrecarga renal es que se estima que puede predisponer a los niños a desarrollar hipertensión arterial en edades posteriores.
Existe también evidencia científica de que el consumo de cantidades excesivas de proteína en edades tempranas, puede favorecer la aparición de obesidad infantil.
¿Cómo se han ido solucionando los problemas que plantea la alimentación con leche de vaca sin modificar, en los menores de un año?
El problema de las grandes cantidades de proteína de la leche de vaca sin modificar, ha llevado a cambiar su composición para obtener un perfil de proteínas más parecido al de la leche materna.
El reciente desarrollo de tecnologías industriales modernas ha permitido aislar las proteínas individuales de la leche de vaca, en forma purificada y agregarlas a una fórmula que se hace con la leche de vaca, donde se realiza una estudiada combinación de proteínas. La principal proteína agregada es la denominada alfa-lactoalbúmina, que tiene la mejor calidad nutritiva que se conoce. Al agregar alfa-lactoalbúmina ha sido posible disminuir la cantidad total de proteína aportada por la leche de vaca, porque la calidad nutricional aumenta de manera importante. Esto tiene la ventaja de permitir que la velocidad del crecimiento de los lactantes sea parecido al de los niños amamantados, y evita además las posibilidades de sobrecargar el funcionamiento de los riñones.
Esta formulación es la que tiene la mayoría de las leches que los médicos recomiendan a los lactantes, una vez que ya no pueden ser amamantados. Por eso es muy importante que el pediatra recomiende la leche más indicada para la etapa en la que está el niño.